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martes, abril 11, 2006

I

Hannah dio una patada a su sombrero y salió dando una voltereta por la ventana.
Los chillidos de su madre, que la instaba con la cara enrojecida a permanecer en casa, le llegaron lejanos cuando ya competía contra una traviesa urraca a ver quién llegaba antes al próximo árbol.
¿Había dicho próximo árbol? No. Próximo poste.
Los árboles habían desaparecido hacía tiempo, debido al afán del hombre por construir cada ápice de tierra existente. Ahora sólo se conservaban en los Museos de Naturaleza Antigua, y los pájaros habían de conformarse con arbustos de gran altura que se habían creado como sustitutivos.
La urraca pareció aminorar su vuelo al avistar algún tipo de objeto reluciente en la ventana abierta de una casa cercana, y Hannah aprovechó su despiste para aventajarla y, cogiendo un último impulso, volar en vertical hacia la cima del poste, dónde se situó erguida, obteniendo una excelente vista de la ciudad.
La urraca pareció haberse olvidado de la carrera, pues nunca llegó al poste, y Hannah, incómoda en ese estrecho suelo, sobrevoló los pocos metros que la separaban del tejado más cercano, y allí se sentó, suspirando resignada.
Tumbada de cara al cielo, Hannah se preguntaba el por qué de la continua protección de sus padres. Ya no era una niña, ni siquiera una adolescente, y aún así, ellos seguían imponiéndole sus reglas y estableciendo toques de queda. Quizá independizarse fuera la única solución, después de todo.
A sus 21 años, Hannah ya había superado los cursos más difíciles de su formación en cultura humana general, vuelo nocturnos y magia secundaria. Ahora llegaba el punto en que tenía que decidir, por fin, el camino que seguiría su futuro. Y era ahora, cuando ya había pasado las edades más difíciles, cuando se rebelaba ante el sistema establecido y se negaba a especializarse en algo.
Sus padres, dos importantes personalidades dentro del consejo estudiantil, no daban crédito al comportamiento de su hija. ¿Por qué no podía comportarse como sus hermanos? Todos ellos habían encontrado su hueco en la sociedad por diferentes vías. (Ahí estaba Tom, como profesor de literatura alternativa, Carla, admirada comediante en el circo tribalista, o Carl, que había optado por dedicar su vida a la investigación de nuevas fuentes de energía). Cualquier camino que eligiera estaría bien, pero ¿por qué ella se empeñaba en alejarse de los demás y vivir sin más? ¿acaso no tenía aspiraciones?
Lo habían intentado todo: entrevistas con asesores de todas las especialidades existentes, aplicado magia curativa (no se tratase de algún tipo de extraña enfermedad desconocida), viajado al extranjero creyendo que el ver mundo la ayudaría a despertar su interés por algo, razonar como adultos, como niños…pero nada. Ella seguía en sus trece. Se negaba a especializarse. Y, ¿qué haría entonces?
-Vivir, eso haré-era su simple respuesta.
Y ellos, desesperados, no entendían nada de nada.
-Nada de nada- Se decía a sí misma Hannah- No tienen ni idea. ¿Cómo pueden no entender el que no quiera vivir mi vida en base a líneas ya marcadas?¿Qué mérito reside en ello? Lo que yo quiero es no saber qué me espera. ¡Vivir sin corsés, improvisar, descubrir, sorprenderme cada día por los acontecimientos!. En el momento en que elija, sabré todo lo que me depara el porvenir. ¿Cómo se les ocurre obligarme a aniquilar mi vida?-.
Ante el sentimiento de indignación, Hannah se había puesto en pie y comenzado a dar patadas y puñetazos al aire sin ton ni son. Tal era su estado, que no avistó el objeto que se acercaba a toda velocidad hacia ella, sin parecer tener intención de frenar.
Cuando menos se lo esperaba, el peso de algo contundente la golpeó con fuerza y se vio aplastada y arrastrada por él hacia el precipicio del tejado, en el otro extremo.
-¡Vaya! Lo..lo siento. ¿Estás bien? Disculpa, no te había visto. –
Ante ella, un muchacho de ojos oscuros se sacudía el polvo de los pantalones, después de levantarse torpemente, y le tendía la mano con una expresión de apuro en el rostro. Su estúpida sonrisa enfureció aún más a Hannah, que torció el gesto ante su mano extendida y se levantó de un salto, quedando suspendida en el aire.
-¿Qué no me has visto?¡Y para qué tienes los ojos entonces si puede saberse!¿Acaso no sabes que está prohibido sobrevolar esta zona sin permiso? Pero claro, qué va a saber un niñato que ni siquiera distingue a una persona del simple vacío.
Su mirada llena de ira recorrió al muchacho, mirándolo despectivamente, y volaba de un lado a otro del tejado con energía mientras le gritaba.
-Bueno, yo..tú…- El chico parecía avergonzado, pero al mismo tiempo se sentía herido en su orgullo, y su mirada se volvió tosca cuando la acusó: -¡Tú también estás sobrevolando la zona sin permiso, y a saber desde cuánto tiempo hace que estás sobre este tejado, lo que, te recuerdo, tampoco está permitido. Así que ahora no me vengas con sermones, malcriada.!
Y sin decir más, le lanzó una última mirada de fuego y salió despedido de nuevo hacia el cielo, convirtiéndose rápidamente en un punto negro en el horizonte.

3 comentarios:

Kaloni dijo...

No hay que dudar.
La duda corroe, atempera, enfría.
Y la indecisión, el mal de Hamlet, paraliza.

Lánzate Hanna, que otro día será tarde.


Un beso.

kancerbero dijo...

Precioso, illa. En serio.

giovanni dijo...

Una tía mía de 82 años me contó hace poco que de pequeña su mamá le dijó cuando la veía sin hacer nada, 'Vaya hacer algo!', y ella le contestó: 'Estoy pensando'. 'Todavía me encanta pensar y no hacer otra cosa que ésta,' agregó mi tía con una sonrisa ancha. Es la tía que salió en un dibujo en mi blog.
Saludos