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martes, marzo 11, 2008

Mask

¿Alguna vez os habéis vuelto dependientes de algo?
Yo sí. Soy una persona dependiente. ¿No es curioso? Me resulta curioso viniendo de una persona a la que todos llaman, y en cierto modo es, autónoma.
Estamos llenos de paradojas.
Aquella que tiene la ambición de la independencia y la libertad, aquella que se aísla del resto de agentes sociales en pro de la individualidad, se vuelve dependiente de algunas de las pocas personas que la rodean.
Del mismo modo, le dicen que transmite confianza y seguridad cuando tan sólo se trata de una máscara que la protege de las emociones intensas.
En realidad, sin esa máscara, está asustada, nerviosa e histérica.


Así que yo, la dependiente, bebo de la confianza que me aporta la seguridad de tener como pilares a los demás. Y de ahí saco fuerzas y el refuerzo necesario para mi máscara imperturbable.
Los demás no son muchos. Dos personas a lo sumo. Son mis personas-pilar. Personas confiables, generalmente optimistas, una de ellas despreocupada, otra altamente responsable y consciente de su realidad. Necesito los dos contrapuntos.
Ellos no saben que son mis pilares. En algunos casos, ni siquiera yo me doy cuenta de ello hasta que ya es demasiado tarde. Hasta que alguno de ellos decide mover ficha, cambia de posición...y descoloca mi mundo. Pierdo mi pilar, mi fuente de seguridad y se me cae la máscara de confianza. ¿Cómo puedo entonces sostenerme en pie a la pata coja?

Ahora mismo, en este punto de mi vida, uno de mis pilares me deja. Se va con su vida a otra parte. Me siento ultrajada y traicionada. ¿Acaso no sabe que es mi pilar?
No. Claro que no lo sabe. Nunca se lo he dicho. He sido egoísta y lo he cogido de pilar sin su permiso y ahora él, con el mismo egoísmo, me abandona.
En cierto modo me alegro por él. Ser mi pilar no es para nada un chollo. Habría que tenerme un amor irracional para no importarle. Mis otros pilares me lo han tenido o lo tienen. Pero él no. Así que era lógico.

El caso es que me he quedado medio sola y el mundo se derrumba a mis pies. De repente toda la carga cae sobre mis propios hombros y no estaba preparada para este giro del destino. Me ha descolocado por completo y tengo miedo.
A pesar de todo creo que, seguramente, mi afán de superación (el de todo ser humano) me ayudará a salir del trance exitosamente, pero las emociones comienzan a atacarme y la intranquilidad me supera. No me gusta.


Así que tengo una plaza de pilar libre. Quizá no sea un puesto muy autónomo o con libertad de movimientos, pero es seguro y estable. Y quién sabe, quizá lleve a experimentar un amor irracional que lo justifique todo.