miércoles, febrero 01, 2006

Trece meses después

Hoy he ido a una entrevista de trabajo.
No es que quiera dejar el mío, pero unos ex-compañeros dieron mi nombre, por lo que me sentía en compromiso con ellos, y también, por qué no, por curiosidad.
Fui mucho más segura que hace un año, cuando buscaba mi primer trabajo en serio (quiero decir, no trabajando por nada). Claro que entonces no tenía nada y quería encontrar algo desesperadamente, y ahora iba más relajada, con mi trabajo en el bolsillo y opciones dónde elegir. La situación no era la misma.
Pero sí. Me vi más segura, y, sobretodo, sabía qué buscaba y qué quería. Qué preguntas debía hacer, qué era lo superficial, y qué lo importante. Y no me dejaba cegar por las flores que se echaban en propio tejado.
Trece meses después, he aprendido algo del mundo laboral. O eso me ha parecido.

Pero mi mayor seguridad ha hecho flaquear uno de mis puntos débiles: la sinceridad y espontaneidad.
Me cuesta mentir (aunque no omitir). Y ante preguntas directas mis verdaderos pensamientos salen por mi boca sin pagar peaje antes, por lo que a veces pueden ser muy inoportunos.
Lo dije todo. Lo que me parecía bien, lo que me parecía mal...Aunque casi en el mismo instante me pregunté si debía haberlo dicho o no. Pero no me retracté de lo dicho, porque creo en ello firmemente.
Él casi me ayudó a explicarme, para acto seguido decir que no opinaba lo mismo. No me importaba, y así se lo dije. Era mi opinión.
Hay cosas que no funcionan bien en este sector de cara a los trabajadores. Y hay otras que, sin embargo, parecen hasta privilegios. Pero no por ello hay que dejar de poner las cosas en su sitio.

La oferta no me interesaba. Y también se lo dije. Le disgustó. No creo que tanto porque quisiera contratarme como por el hecho de que no deben estar acostumbrados a que una casi inexperta rechace sus ofertas.
Pero ofrecían menos, y rebajaban mi cargo (aunque no el nombre del mismo, siempre saben guardar las apariencias).


Salí contenta porque en ningún momento dudé de mí misma durante toda la entrevista, aún sabiendo que teníamos puntos de vista opuestos en ciertos aspectos. Y porque su oferta confirmaba todos mis razonamientos. Aunque haya gente que aún no se haya dado cuenta.




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lunes, enero 30, 2006

Sobre mí

El olor a gasolina
El humo del tabaco
El sabor de la leche
El tacto de la tela contra los dientes
El puré de verduras
Llegar tarde
El frío
Esperar
Mi pelo mojado
Contar un chiste


................Lo que no soporto

El chocolate con leche
Caminar descalza
Cantar en el coche
Tener las uñas pintadas
Ponerme las medias
Dormir en posición fetal
El olor a pintura
Que me mimen
Acariciar un gato


..................Lo que me encanta

No entiendo el por qué del hablar siempre de los demás. Tan sólo perdemos tiempo. Malgastamos palabras en temas baladíes, cuando podríamos arreglar el mundo con ellas.
No suelo hablar de los demás, y las pocas veces en que lo he hecho, la he fastidiado.Soberanamente. Lo que es más absurdo aún si se tiene en cuenta que, en realidad, nunca pienso en nadie que no sea yo (la ególatra por antonomasia).
Puedo desear que les vaya bien, que les vaya mal...afinidad o antipatía. Verdadera amistad, amor o enemistad. Pero no hay nada más allá. Tan sólo estúpidos reflejos de socialización.
Gente que hace de los demás su profesión. De la vida ajena, la propia. Es como hacer del viento tu sustento. No tiene sentido. No hay utilidad, ni razón, ni motivo
.

Me son ajenos. Seres lejanos/extraños que me rodean, pues.. . ¿Cómo saber que sus cabezas no son mera maquinaria? Si a veces dudo incluso de mi autenticidad...
Vida independiente, que se cruza. Nos acompañamos en ciertos trayectos, reímos, lloramos. ¿Hay algo más? Alguien, ninguno, nadie, tú, otro, él..
¿Cómo creer en lo que no siento?¿En lo que no vivo?¿En lo que no sueño?
Y me repito: Para qué para qué para qué...para qué querer pensar en lo ajeno

Me es más cercano el concepto humanidad, que el concepto tú, que miras y no sé qué piensas. Que lloras, y no abrasan mis mejillas.

sábado, enero 28, 2006

Snow world

Nieva. Y la gente observa ilusionada el paisaje blanco tras los cristales.
Nieva. Y el frío se apodera de todo. Todo lo ocupa y lo hace suyo.
Caen copos incesantes. Al principo, como aguanieve, para poco a poco dejar paso a la suavidad de la capa blanca, que va cubriendo las superficies.
Mis vecinos polacos van en camisa por la calle y charlan animadamente.
























Ayer escuchaba a un reportero desde Salzburg comentar cómo las celebraciones en honor a Mozart tenían un fondo blanco; pero con las calles de la ciudad limpias.
Aquí no limpian. La nieve se derretirá antes de necesitar hacerlo. Pero las carreteras ya se colapsan, y cabe prever que se irá la luz.
En este pueblo siempre se va la luz. Llueva, truene o nieve. Se acabará yendo.
Mis padres comentan que no estamos preparados para ello. Habrá que comprar una estufa de gasóleo.
Quizá otro año, claro.
No se atreve a salir sin cadenas. Un día se compró un coche con ruedas más grandes de lo aconsejable, por estética, y ahora no encuentra cadenas que le sirvan.
De nuevo, no estamos preparados.
Las calderas se disparan. Los niños salen a tocar la nieve e intentan hacer mini-muñecos helados.
La gente dice que pocas veces se ve ésto. Pero yo recuerdo unas cuantas. Cada vez más a menudo. Añó sí, año no. Con un ritmo intermitente. Blanco, gris, blanco, gris.
Y la montaña es la más bonita. Pero todo aumenta su belleza, pues la nieve es sabia y oculta nuestras feas arquitecturas contaminantes.
Ahora, sobre esta base blanca, sería genial poder comenzarlo todo desde cero.

viernes, enero 27, 2006

Ojeemos

Hace tiempo desafié a la autoridad y al sistema establecido.
Me negué a darle algo que me exigía sin pertenecerle, y me desafió a una pelea a la salida. Salí perdiendo. Me asustó el color de la sangre que brotaba por mi nariz, y preferí subir al autobús que no debía perder si quería volver a casa (el transporte siempre en mi vida, testigo de mis victorias y mis derrotas).
No dormí en toda la noche. Llorando de rabia, con los puños crispados, jurando venganza y odiando y renegando de mi cobardía.
Al día siguiente no tuve otro objetivo. La agarré nada más avistarla, zarandeándola como nunca antes nadie había hecho. Pura rabia encontrando su vía de escape.

Acabamos las dos en el despacho, sonriendo tímidamente y fingiendo ser buenas amigas. Ella, tratando de salvar el tipo; yo, regodeándome en su desespero (que la obligaba a alabarme a pesar suyo), y en mostrarme compasiva con ella. Pues ése fue su peor castigo: sabía que ante la justicia no podía vencer.
Nunca más volvió a exigirme nada.



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ojear1.

1. tr. Mirar a alguna parte.
2. tr. aojar (ǁ hacer mal de ojo).
3. tr. Lanzar ojeadas a algo.
4. tr. Mirar superficialmente un texto.


hojear.
1. tr. Mover o pasar ligeramente las hojas de un libro o de un cuaderno.
2. tr. Pasar las hojas de un libro, leyendo deprisa algunos pasajes.
3. intr. Dicho de un metal: Tener hoja.
4. intr. Dicho de las hojas de un árbol: moverse (ǁ menearse).

Y ahora me explican cuándo utilizan, para referirse a h-ojear un libro, la una, o la otra.

martes, enero 24, 2006

Realidad. Introducción.












-Follamos tres o cuatro veces a la semana, cuando nos vemos- profirió Carla, apurando distraídamente la última calada de su cigarrillo antes de aplastarlo contra el cenicero de la cafetería.
Sus compañeras la miraban entre divertidas y atónitas.
"Ya sé lo que pensáis"- se decía-"pero me importa un bledo".
-Pero...¿estás segura de lo que vas a hacer, Carla? - le preguntó una de ellas tímidamente.
-Nunca he estado tan segura de algo en mi vida-
Se miraban entre ellas, y Carla sabía que nunca la comprenderían, dijese lo que dijese.
-¿Veis este cigarrillo?-les espetó- Es mi último cigarrillo, y éso es precisamente lo que voy a hacer con mi actual vida (y con todas vosotras, panda de alimañas)-
Veía la compasión en sus miradas, se daba cuenta de los comentarios que circulaban a su paso:
¿Ya lo sabes?
Sí, se ha ido a vivir al campo..¡sola!
No sólo eso: resulta que se ha echado novio allí, y va a dejar el trabajo para dedicarse a él. Dicen que incluso va a las reuniones de punto de cruz con las mujeres del barrio.
Siempre creí que era un poco autista...
Y así eternamente.¡Qué les den!

Cuando se había trasladado definitivamente a ese pueblucho de mala muerte cerca de las montañas, todos pensaron que no era más que una locura pasajera.
-El estrés- decían- seguro que allí encuentra la tranquilidad que necesita durante un tiempo-
Nunca habían conocido persona más urbanita que Carla, y para ellos, que el súmmum del relax era un spa y que el concepto de naturaleza se resumía en zoo, su inusitado traslado se debía a una simple extravagancia.
Pero cuando llegó contando que se había echado aquel novio pueblerino, tercero de cinco hermanos, que había aprendio a cocinar empanadillas caseras en su cocina, o lo bien que se lo había pasado en las fiestas del pueblo...no podían más que fruncir el ceño y darla por causa perdida.
La gota que colmó el vaso llegó cuando anunció su dimisión para dejar de trabajar definitivamente, al menos en la ciudad.
¿Se había vuelto loca?

Pero Carla sabía bien lo que hacía. Había nacido en la ciudad, crecido en la ciudad, vivido, viajado, adentrado en todo tiempo de ciudades; y nunca le habían aportado más que promiscuidad, estrés, consumismo y experiencias con un pederasta.
Al principio nada de eso le había parecido mal. Lo malo que le había sucedido había sido por causas ajenas, y lo demás; bueno, lo demás era lo que hacían todos. Lo que se suponía que se debía hacer y que, por supuesto, debía hacer ella.
Hasta que se preguntó hasta qué punto merecía la pena vivir para algo que no fuera ella misma.


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sábado, enero 21, 2006

Catarsis

Día gris. Enero. ¿Quizá 8 grados? Tareas pendientes postergadas infinitamente. En vista la desgana, pereza, aturdimiento.
Antes, desayuno revitalizador. Rebanadas de pan con mantequilla. Leche teñida con chocolate en polvo.
Mañana de invierno. Cielo encapotado, grisáceo y triste. Suave música melódica. Sed de ser, de abarcar.
Paisajes domésticos, reloj ticteante. Electrodomésticos y enseres. El suelo: baldosa fría. Mi cuerpo cálido. El tuyo, ausente.
Avanzan las horas como segundos. Subo el volumen de la música hasta quedarme sorda. Basta de letanía.
Dejarse llevar sin pensar en nada. Ni consecuencias, ni errores, ni éxitos. Sólo mi humanidad.
Niña de trenzas doradas. Corre al parque y, en el columpio, sube y sube. Quiere llegar al infinito para obtenerlo todo. Para deshacerse de todo.
Un día morirás y nada quedará de ti, salvo tus despojos. Abraza la nada insondable ahora que puedes. Besa el aire. Acuna al viento.
Y sonríe, ríe, llora, ama.
Catarsis. Orgasmo.
Lo demás no existe.

miércoles, enero 18, 2006

El salto

Mañana: Mi primera presentación a cliente.
Llámenme i., nervios de acero.




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