Miro a mi padre y me parece ver que ha encontrado la total serenidad en sus 46 años. Ya no veo en sus ojos la continua intranquilidad de espíritu que le azuzaba (y que yo he heredado en cierta medida), y que provocaba el descontenta frente a la rutina; la continua desazón y el insondable sentimiento de impotencia que le atormentaba.
Ha encontrado su refugio en las montañas y maratones. Esto le completa, le serena y le hace reconciliarse con su estilo de vida.
También, desde esa serenidad, y tras el alejamiento y pérdida de algunos seres queridos, ha dejado de ser alguien distante que no demuestra sentimientos, a realizar pequeñas acciones y gestos de cariño en los momentos cotidianos.
Y todo nace de lo mismo: de la serenidad encontrada lejos de aquellos escritos tormentosos de sus 20-28 años.
Yo, aún sin llegar a un estado con toques iracundos, aún no he encontrado esa serenidad y me muevo en la desazón y el sentimiento de impotencia. En el llanto por la pérdida de los sueños, derogados en pro de la realidad del día a día y las necesidades sociales primarias.
Para contrarrestar esto no he encontrado, aún, como mi padre, aquella vía de escape que me compense y equilibre mi estilo de vida.
Y así, me siento continuamente frustrada y no saciada en mis idas y venidas del trabajo (que me agarran a la realidad), en las salidas sociales (que no me sacian), en la vida familiar (que no me llena) y en mis momentos de ocio (peleados y sustitutivos de mi sed de más)
Esta inquietud de espíritu veo que no la calma el trabajo exitoso, la estabilidad en el plano amoroso ni una vida social más o menos rica.
Mi naturaleza independiente y autónoma no se contenta con sus pequeñas dosis de libertad, mientras que la razón y necesidades de aceptación al grupo están incluso rebosando.
¿Tendré que esperar 20 años a dar con mi fuente de serenidad particular, o aprender a conformarme con la realidad del día a día?
lunes, junio 23, 2008
jueves, mayo 08, 2008
Quién da más
Parece que ahora sólo actualizo mes a mes. No es por falta de ganas, sino por pereza (no siempre a las ganas le acompaña la iniciativa, seamos francos, y me arriesgaría a decir que mi generación de eso sabe, y mucho).
Va habiendo noticias en mi entorno, aún no vívidas, que me tienen en un estado de anhelo continuo: me siento como depredador agazapado que, a la mínima señal, saltará e irá en pos de su presa.
Ya conté en mi anterior post que el año que viene me caso (así, pimpampum), y la efervescencia sentida por la anticipación de este evento me tuvo atareada las primeras semanas tras la decisión. Digo efervescencia porque así lo he vivido: como una subida de adrenalina (parelalismo de la pastilla efervescente que se sumerge en el agua y comienza a bullir) que se va calmando poco a poco hasta diluirse y volver a dejar todo en calma, pero con un regusto amargo.
El regusto amargo es el saber que ahora lo que toca es ahorrar, y mucho. Y eso es lo que peor se me da (tiene su gracia, teniendo en cuenta que es lo que mejor se le daba a mi abuelo y lo que mejor se le da a mi padre. Pero las tradiciones parecen ir perdiéndose, por suerte o desgracia).
Pero bueno, que ya prácticamente tenemos fecha, sitio, lista de invitados, y hasta excel con la música detallado (es que me hacía ilusión esta parte. Tengo casi decidido que el I want Candy de Bow wow wow tiene que estar en el momento de salida del pastel, ¿no sería fantástico?).
Como decía, según se iba diluyendo la efervescencia de este momento, ha ido retomando su posición dominante la emoción ante la perspectiva de mi viaje a Japón este verano (en agosto, el peor mes de todos, lo sé). También lo tenemos casi todo cerrado: aviones, hoteles, guías..y exceso de información (y de amigos que han estado / estarán / conocen a alguien que ha estado en Japón. He pasado de no tener con quién hablar del tema a preguntarme a quién de toda esta gente le pregunto).
Y es curioso porque, cuanto más se acerca la fecha del viaje, más me olvido yo de Japón (pero ya tuve mi fiebre, ya..) y me veo influencianda por la denominada Hallyu, o Korean wave (ola coreana) o cuantas más acepciones quieran dedicarle a la creciente popularidad e influencia de la cultura popular coreana: o sea, a la fiebre por los kdramas, kmovies, música coreana y demás producciones de masa que lleva años arrasando en Asia y de la que yo me habré hecho acérrima consumidora hará...¿un año? aproximadamente.
Para resumir, tras la huelga de guionistas que me dejara sin alimento audiovisual... toda mi atención giró drástica y casi definitivamente hacia los sites tipo http://www.d-addicts.com/ y todos sus derivados, gracias a los cuales podía continuar consumiendo ocio (mi desafío ahora mismo está ya en entrar en http://clubbox.co.kr/ e intentar entender algo para hacerme con los raws de las series).
(Por cierto, y dejadme hacer un nuevo inciso, me parece muy interesante esta tendencia a crear softsub en lugar de hardsub (hardsubbed videos), que le llaman, para poder seguir compartiendo archivos sin que les ataquen temas legales y de derechos sobre las series de la que se facilitan los subtítulos. Es algo a valorar dentro del debate del Torrent, P2P y demás)
En realidad, tiene su gracia, porque por un lado están haciéndose cada vez más visibles (ya hay pelis de estas en los videoclubs, sí, esos que dicen están a punto de desaparecer) y reconociéndose creaciones coreanas tan brillantes como I'm a cyborg, but it's ok (del mismo director de Lady Vangeance y demás. Ahora que lo pienso, a partir del visionado de películas como Bin Jip, Oldboy, etc empezó mi relación con todo este mundillo), con dramas, le dicen ellos, pero en realidad son teleseries comparables a cualquier Rebelde Way o culebrón al alza, con, eso sí, características propias que las hacen únicas de algún modo (el imposible-ineludible-intenso triángulo amoroso (es que es más intenso el que dibujan ellos, ved alguna de estas series y lo entenderéis), las enfermedades terminales de alguno de los protagonistas, el protagonismo de la tecnología (móviles: la estrella, no me extrañó nada que en el Mobile World todo fueran japoneses y coreanos), la importancia de los valores tradicionales familiares, etc etc. )
Está bien porque, por muy criticables o no que sean, yo he aprendido cultura coreana, geografía, idiomas y hasta otro tipo de músicas que nunca hubiese escuchado.
Dicho esto, esta fiebre Hallyudense + la fiebre a Facebook en el trabajo, la boda, el viaje a Japón, los preparativos de otros eventos y demás...me tienen continuamente abducida (o así me siento a veces) y en suspense.
Así que sí, soy más friki que nunca (ahora que la palabra está más de moda que nunca, también): planifico campañas de chikilicuatre y me paso el día hablando de CTR's, Interactive ratios, SEO, SEM y demás en el trabajo; soy una trabajadora a Facebook pegada, me compro revistas específicamente de y para novias (algo que nunca creí iba a hacer), cuando voy al Fnac me posiciono directamente ante las guías de Japón, y parezco una adolescente enamorada de los actores coreanos que ya mismo dirá que se quiere ir a vivir a Corea (del sur, of course) Total, ya sé decir en su idioma Te quiero y lo siento... (no se puede escuchar mucho lenguaje más en esos melodramas XDD)
A esto añadiré que no veo solo series coreanas (que os pensabáis), ¡que las japonesas y chinas también están disponibles! Y puedo decir orgullosa que distingo fantásticamente entre japonés - coreano y mandarín.
Quién da más.
Va habiendo noticias en mi entorno, aún no vívidas, que me tienen en un estado de anhelo continuo: me siento como depredador agazapado que, a la mínima señal, saltará e irá en pos de su presa.
Ya conté en mi anterior post que el año que viene me caso (así, pimpampum), y la efervescencia sentida por la anticipación de este evento me tuvo atareada las primeras semanas tras la decisión. Digo efervescencia porque así lo he vivido: como una subida de adrenalina (parelalismo de la pastilla efervescente que se sumerge en el agua y comienza a bullir) que se va calmando poco a poco hasta diluirse y volver a dejar todo en calma, pero con un regusto amargo.
El regusto amargo es el saber que ahora lo que toca es ahorrar, y mucho. Y eso es lo que peor se me da (tiene su gracia, teniendo en cuenta que es lo que mejor se le daba a mi abuelo y lo que mejor se le da a mi padre. Pero las tradiciones parecen ir perdiéndose, por suerte o desgracia).
Pero bueno, que ya prácticamente tenemos fecha, sitio, lista de invitados, y hasta excel con la música detallado (es que me hacía ilusión esta parte. Tengo casi decidido que el I want Candy de Bow wow wow tiene que estar en el momento de salida del pastel, ¿no sería fantástico?).
Como decía, según se iba diluyendo la efervescencia de este momento, ha ido retomando su posición dominante la emoción ante la perspectiva de mi viaje a Japón este verano (en agosto, el peor mes de todos, lo sé). También lo tenemos casi todo cerrado: aviones, hoteles, guías..y exceso de información (y de amigos que han estado / estarán / conocen a alguien que ha estado en Japón. He pasado de no tener con quién hablar del tema a preguntarme a quién de toda esta gente le pregunto).
Y es curioso porque, cuanto más se acerca la fecha del viaje, más me olvido yo de Japón (pero ya tuve mi fiebre, ya..) y me veo influencianda por la denominada Hallyu, o Korean wave (ola coreana) o cuantas más acepciones quieran dedicarle a la creciente popularidad e influencia de la cultura popular coreana: o sea, a la fiebre por los kdramas, kmovies, música coreana y demás producciones de masa que lleva años arrasando en Asia y de la que yo me habré hecho acérrima consumidora hará...¿un año? aproximadamente.
Para resumir, tras la huelga de guionistas que me dejara sin alimento audiovisual... toda mi atención giró drástica y casi definitivamente hacia los sites tipo http://www.d-addicts.com/ y todos sus derivados, gracias a los cuales podía continuar consumiendo ocio (mi desafío ahora mismo está ya en entrar en http://clubbox.co.kr/ e intentar entender algo para hacerme con los raws de las series).
(Por cierto, y dejadme hacer un nuevo inciso, me parece muy interesante esta tendencia a crear softsub en lugar de hardsub (hardsubbed videos), que le llaman, para poder seguir compartiendo archivos sin que les ataquen temas legales y de derechos sobre las series de la que se facilitan los subtítulos. Es algo a valorar dentro del debate del Torrent, P2P y demás)
En realidad, tiene su gracia, porque por un lado están haciéndose cada vez más visibles (ya hay pelis de estas en los videoclubs, sí, esos que dicen están a punto de desaparecer) y reconociéndose creaciones coreanas tan brillantes como I'm a cyborg, but it's ok (del mismo director de Lady Vangeance y demás. Ahora que lo pienso, a partir del visionado de películas como Bin Jip, Oldboy, etc empezó mi relación con todo este mundillo), con dramas, le dicen ellos, pero en realidad son teleseries comparables a cualquier Rebelde Way o culebrón al alza, con, eso sí, características propias que las hacen únicas de algún modo (el imposible-ineludible-intenso triángulo amoroso (es que es más intenso el que dibujan ellos, ved alguna de estas series y lo entenderéis), las enfermedades terminales de alguno de los protagonistas, el protagonismo de la tecnología (móviles: la estrella, no me extrañó nada que en el Mobile World todo fueran japoneses y coreanos), la importancia de los valores tradicionales familiares, etc etc. )
Está bien porque, por muy criticables o no que sean, yo he aprendido cultura coreana, geografía, idiomas y hasta otro tipo de músicas que nunca hubiese escuchado.
Dicho esto, esta fiebre Hallyudense + la fiebre a Facebook en el trabajo, la boda, el viaje a Japón, los preparativos de otros eventos y demás...me tienen continuamente abducida (o así me siento a veces) y en suspense.
Así que sí, soy más friki que nunca (ahora que la palabra está más de moda que nunca, también): planifico campañas de chikilicuatre y me paso el día hablando de CTR's, Interactive ratios, SEO, SEM y demás en el trabajo; soy una trabajadora a Facebook pegada, me compro revistas específicamente de y para novias (algo que nunca creí iba a hacer), cuando voy al Fnac me posiciono directamente ante las guías de Japón, y parezco una adolescente enamorada de los actores coreanos que ya mismo dirá que se quiere ir a vivir a Corea (del sur, of course) Total, ya sé decir en su idioma Te quiero y lo siento... (no se puede escuchar mucho lenguaje más en esos melodramas XDD)
A esto añadiré que no veo solo series coreanas (que os pensabáis), ¡que las japonesas y chinas también están disponibles! Y puedo decir orgullosa que distingo fantásticamente entre japonés - coreano y mandarín.
Quién da más.
martes, abril 01, 2008
De mujeres y bodas
Je! Justo habla ella del tema, y no debe ser coincidencia. Debe ser que estamos en Marzo y que los planes de futuro se perfilan a partir de estos primeros meses. Que las bodas se prepararan a un año vista y la mayoría son en mayo-junio, así que ya se saca el tema..o algo similar. Digo yo.


Cuando yo era pre-adolescente (y digo pre-adolescente porque me refiero a los 10-13 años y por esa época ya iba dejando de ser niña poco a poco), mis amigas y yo jugábamos a juegos en los que dejábamos al azar de los números de qué color sería nuestro vestido de novia, con quién nos casaríamos (¡ilusas!), adónde iríamos de luna de miel...Lo único que elegíamos en el juego era la edad a la que nos queríamos casar, y lo demás, se supeditaba a dicho número.
Así, yo elegía casarme a los 25. Ponía entre mis aspirantes a marido a Isaac, Miquel y Christian, y el que se libraba de ser tachado por la fuerza del 25...resultaba ganador de mi maridaje.
Otras muchas optaban por el 20 (tan lejano se veía entonces), o similares.
Yo nunca solía distanciarme mucho de mi perfecto 25. 24 y 26 eran mis más lejanos pasos.
¿Es que soñábamos en ese momento con vernos convertidas en fieles esposas? Ni por asomo.
De momento, lo que queríamos era que el pre-adolescente de turno nos hiciese caso. Bebíamos los vientos por el chico que nos gustaba, reaccionábamos de forma exagerada a cualquier amago de mirada o sonrisa, y por supuesto alimentábamos nuestra estúpida mente fantasiosa con absurdos juegos que incitaban a imaginar futuros paseos de la mano y románticos besos.
A mí en particular, me daba absolutamente igual irme de luna de miel a París, el Caribe o Islandia (no sé yo si entonces sabía ni dónde quedaban algunos de estos lugares), con tal de que el azar me guiñase el ojo premiándome con el nombre de mi enamoramiento del momento garabateado en bolígrafo azul y asignado como mi destino.
Casarse...¡eso era cosa de adultos! Ya habría tiempo de pensar en ello.
Luego los años pasan, y cada uno tiene sus experiencias amorosas y acaba también la construcción de sus arquetipos ideales. Ideas, ideologías, puntos de vista o pensamientos. Va teniendo las ideas más claras, vaya. Y valora hasta qué punto cree importante tales ceremonias en una relación. U otras fases de la misma como el ir a vivir juntos, o tener hijos. Nada es correcto ni incorrecto. Nada es necesario ni exigible. Cada cual con su vida y la forma en que quiere ir viviéndola y teniendo experiencias.

A mis 25 años me asomo ya a esa, parece ser, fase de la vida en que muchas mujeres se casan, luego quizá tienen hijos (o no), otras se mantienen solteras...; y el estilo de vida entre ellas se diferencia cada vez más (parece ser). Además, creo percibir una cierta incomprensión entre ambas partes.Y por lo tanto, una ligera tensión que puede derivar en actitudes de rechazo total para con su contraria.
Debe ser el efecto de la comprensible reacción humana de negar lo desconocido, por parecer inseguro o simplemente ser extraño.
Y entonces entran a juzgar unas y otras las decisiones de los demás de una forma defensiva, creyendo siempre la que expone ser la que tiene la verdad absoluta.
Cuando no hay ninguna verdad absoluta. O cuando lo único realmente importante es que cada uno viva y tome las decisiones acorde a sus ideas y forma de ver y vivir la vida.
La que tiene hijos a los 20 porque cree que después es tarde y no se tiene la misma paciencia con los niños y etc etc etc, actúa bien si es lo que cree y para ella es lo mejor, la que decide esperar a los 34 porque entonces encuentra la estabilidad necesaria que cree indispensable... actúa bien, ya que actúa de acuerdo a lo que prodiga y es feliz de esa manera. La que no se casa porque no cree en papeles ni en el matrimonio, hace bien reafirmando mediante la acción de ese no-hecho (valga la paradoja :P) su pensamiento. La que se casa porque lo cree indispensable para sentirse más unida a su pareja hace bien si de verdad siente así reforzada su relación...
En fin. Que lo importante es llevar a cabo las acciones y tomar las decisiones con las que más de acuerdo estemos y nos hagan más felices. ¡Y quiénes somos los demás para juzgar si es más feliz la casada o la soltera o si el casarse es algo por lo que pasar o no!
En esta edad de los veintitantos medios y largos se pueden tener reacciones un tanto estúpidas e infantiles; como si lo importante de nuestros juegos de los 10 años de edad fuera que se cumpliesen en ese mismo instante y no que aunase las amistades y dejase volar las fantasías de futuro.
Nada, que dentro de un año, me caso :). Eso sí, todo acorde a mis ideales y de manera que me haga feliz: por lo civil, con fastuoso vestido y banquete, queridos invitados, y música comedidamente escogida (no vaya a convertirse la boda en drama en lugar de gala).
Vaya, esta es la intención, que estamos a un año vista y aún hay que prepararlo todo ;).
martes, marzo 11, 2008
Mask
¿Alguna vez os habéis vuelto dependientes de algo?

Yo sí. Soy una persona dependiente. ¿No es curioso? Me resulta curioso viniendo de una persona a la que todos llaman, y en cierto modo es, autónoma.
Estamos llenos de paradojas.
Aquella que tiene la ambición de la independencia y la libertad, aquella que se aísla del resto de agentes sociales en pro de la individualidad, se vuelve dependiente de algunas de las pocas personas que la rodean.
Del mismo modo, le dicen que transmite confianza y seguridad cuando tan sólo se trata de una máscara que la protege de las emociones intensas.
En realidad, sin esa máscara, está asustada, nerviosa e histérica.
Así que yo, la dependiente, bebo de la confianza que me aporta la seguridad de tener como pilares a los demás. Y de ahí saco fuerzas y el refuerzo necesario para mi máscara imperturbable.
Los demás no son muchos. Dos personas a lo sumo. Son mis personas-pilar. Personas confiables, generalmente optimistas, una de ellas despreocupada, otra altamente responsable y consciente de su realidad. Necesito los dos contrapuntos.
Ellos no saben que son mis pilares. En algunos casos, ni siquiera yo me doy cuenta de ello hasta que ya es demasiado tarde. Hasta que alguno de ellos decide mover ficha, cambia de posición...y descoloca mi mundo. Pierdo mi pilar, mi fuente de seguridad y se me cae la máscara de confianza. ¿Cómo puedo entonces sostenerme en pie a la pata coja?
Ahora mismo, en este punto de mi vida, uno de mis pilares me deja. Se va con su vida a otra parte. Me siento ultrajada y traicionada. ¿Acaso no sabe que es mi pilar?
No. Claro que no lo sabe. Nunca se lo he dicho. He sido egoísta y lo he cogido de pilar sin su permiso y ahora él, con el mismo egoísmo, me abandona.
En cierto modo me alegro por él. Ser mi pilar no es para nada un chollo. Habría que tenerme un amor irracional para no importarle. Mis otros pilares me lo han tenido o lo tienen. Pero él no. Así que era lógico.
El caso es que me he quedado medio sola y el mundo se derrumba a mis pies. De repente toda la carga cae sobre mis propios hombros y no estaba preparada para este giro del destino. Me ha descolocado por completo y tengo miedo.
A pesar de todo creo que, seguramente, mi afán de superación (el de todo ser humano) me ayudará a salir del trance exitosamente, pero las emociones comienzan a atacarme y la intranquilidad me supera. No me gusta.
Así que tengo una plaza de pilar libre. Quizá no sea un puesto muy autónomo o con libertad de movimientos, pero es seguro y estable. Y quién sabe, quizá lleve a experimentar un amor irracional que lo justifique todo.

jueves, febrero 28, 2008
Anoche soñé
Anoche soñé que volvía a Gijón. Pero no al Gijón de ahora, remodelado, posicionado turísticamente y con acuario incorporado. No.
Yo volvía al Gijón sin Carrefour, de pequeñas tiendas de fruta, de tan solo dos playas y con una enorme cafetería de cristal en Cimadevilla.
Al regresar, me encontré con el abuelo que iba a la tienda de Tomasita en bicicleta y que me hacía de rabiar sin descanso. Quiso volver a hacerlo, y me tiró del pelo cuando pasaba por mi lado. Pero su mano ya no encontró coleta a la que asirse y una simple caricia pasó brevemente por mi cabello.
No pareció advertirlo, pues mientras se alejaba pedaleando se burló de mí sacándome la lengua y haciendo piruetas.
Era tan travieso como siempre.
Le seguí, y frente a mí, sacada del recodo más recóndito de mi memoria, apareció la tienda.
Los sacos de nueces y castañas daban la bienvenida desde el exterior del establecimiento, tal y como lo recordaba. La puerta de madera seguía emitiendo un ligero chirrido al ir pasando la clientela, y, una vez dentro, encontrabas a Tomasita y su madre, ambas resoplando y ocupadas atendiendo tras el mostrador y pesando en la báscula los distintos enseres.
En ese mismo mostrador mis dedos, como por acto reflejo, se posaron sobre el áspero papel marrón que había sido destinado a envolver la infinidad de barras de pan, bollería y dulces que habíamos comprado años atrás mi madre y yo como fieles clientas.
- ¿Ya quieres dibujar? Esta niña va a ser artista – La enorme sonrisa de Tomasita me saludaba y su mano ya había depositado un bolígrafo BIC en la mía, invitándome a estampar mis dibujos en el papel marrón-.
Creo que el escalofrío que recorrió mi cuerpo al contacto de mi mano con el boli y el papel, despertando todos los sentimientos de nostalgia dormidos, fue lo que me despertó de mi ensoñación.
Amanecí en mi habitación, sola, agitada. A 16 años y 1.800 kilómetros de distancia del lugar visitado.
----------------------------------------
Cuando, años después, volvió a su ciudad de origen, se sintió desolada. Aún recordaba la calle sin asfaltar, las casas de dos plantas, el enorme muro que se levantaba ante su casa y que separaba su ventana de la enorme carbonería que existía detrás de él.
¿Qué era esto? ¿Cómo había sido destruido?
Ni atisbo de tierra o piedras, signos de lo no asfaltado. Ni casas, ni muros. En su lugar, una enorme y orgullosa plaza mostraba su modernidad a través de esculturas a sus ojos demasiado abstractos. ¿Qué rodeaba la plaza? Carretera. Pasos de cebra. Calles. En una de las calles, un enorme centro comercial se había impuesto como verdadero revitalizador del centro de la ciudad. Un centro lleno de tiendas, restaurantes de comida rápida, ocio y coches.
Gente por doquier pisaba lo que anteriormente era una calle a la que acudían a buscar refugio los vagabundos, prostitutas y drogadictos. ¿Dónde los habían metido? Se preguntaba. No tuvo que andar más de dos calles para saber dónde se encontraban ahora los sin hogar de la ciudad: en el mismo sitio. Sólo había cambiado su entorno, no ellos y sus condiciones.
Así que siguió deambulando por el centro, intentando reconocer algo de lo que había dejado atrás en esa actual jungla de cristal de nueva construcción.
Le costó un par de horas, pero al final dio con ello. Escondida, haciendo esquina en una pequeña bocacalle, su cartel aparecía impertérrito: Librería Mimo. Con enormes letras verdes y naranjas (ahora una línea verde, ahora otra línea por encima calcando la misma tipografía, en naranja). Con la puerta y los ventanales pintados de blanco, una vez te asomabas al interior, el tiempo parecía haber retrocedido y detenido en 1985.
El mostrador, a mano derecha, presidía una tienda de apenas 4 cortos pasillos plagados de libros, que incluso infundían cierto temor en el visitante por la insinuada posibilidad de que en algún momento perdiesen el equilibrio y se abalanzasen sobre el desdichado valiente que pasease entre ellos. Las secciones parecían ser también las mismas, teniendo la infantil destacada predominancia. En cuanto a la dependienta…eso parecía ser lo único que había cambiado.
Yo volvía al Gijón sin Carrefour, de pequeñas tiendas de fruta, de tan solo dos playas y con una enorme cafetería de cristal en Cimadevilla.
Al regresar, me encontré con el abuelo que iba a la tienda de Tomasita en bicicleta y que me hacía de rabiar sin descanso. Quiso volver a hacerlo, y me tiró del pelo cuando pasaba por mi lado. Pero su mano ya no encontró coleta a la que asirse y una simple caricia pasó brevemente por mi cabello.
No pareció advertirlo, pues mientras se alejaba pedaleando se burló de mí sacándome la lengua y haciendo piruetas.
Era tan travieso como siempre.
Le seguí, y frente a mí, sacada del recodo más recóndito de mi memoria, apareció la tienda.
Los sacos de nueces y castañas daban la bienvenida desde el exterior del establecimiento, tal y como lo recordaba. La puerta de madera seguía emitiendo un ligero chirrido al ir pasando la clientela, y, una vez dentro, encontrabas a Tomasita y su madre, ambas resoplando y ocupadas atendiendo tras el mostrador y pesando en la báscula los distintos enseres.
En ese mismo mostrador mis dedos, como por acto reflejo, se posaron sobre el áspero papel marrón que había sido destinado a envolver la infinidad de barras de pan, bollería y dulces que habíamos comprado años atrás mi madre y yo como fieles clientas.
- ¿Ya quieres dibujar? Esta niña va a ser artista – La enorme sonrisa de Tomasita me saludaba y su mano ya había depositado un bolígrafo BIC en la mía, invitándome a estampar mis dibujos en el papel marrón-.
Creo que el escalofrío que recorrió mi cuerpo al contacto de mi mano con el boli y el papel, despertando todos los sentimientos de nostalgia dormidos, fue lo que me despertó de mi ensoñación.
Amanecí en mi habitación, sola, agitada. A 16 años y 1.800 kilómetros de distancia del lugar visitado.
----------------------------------------
Cuando, años después, volvió a su ciudad de origen, se sintió desolada. Aún recordaba la calle sin asfaltar, las casas de dos plantas, el enorme muro que se levantaba ante su casa y que separaba su ventana de la enorme carbonería que existía detrás de él.
¿Qué era esto? ¿Cómo había sido destruido?
Ni atisbo de tierra o piedras, signos de lo no asfaltado. Ni casas, ni muros. En su lugar, una enorme y orgullosa plaza mostraba su modernidad a través de esculturas a sus ojos demasiado abstractos. ¿Qué rodeaba la plaza? Carretera. Pasos de cebra. Calles. En una de las calles, un enorme centro comercial se había impuesto como verdadero revitalizador del centro de la ciudad. Un centro lleno de tiendas, restaurantes de comida rápida, ocio y coches.
Gente por doquier pisaba lo que anteriormente era una calle a la que acudían a buscar refugio los vagabundos, prostitutas y drogadictos. ¿Dónde los habían metido? Se preguntaba. No tuvo que andar más de dos calles para saber dónde se encontraban ahora los sin hogar de la ciudad: en el mismo sitio. Sólo había cambiado su entorno, no ellos y sus condiciones.
Así que siguió deambulando por el centro, intentando reconocer algo de lo que había dejado atrás en esa actual jungla de cristal de nueva construcción.
Le costó un par de horas, pero al final dio con ello. Escondida, haciendo esquina en una pequeña bocacalle, su cartel aparecía impertérrito: Librería Mimo. Con enormes letras verdes y naranjas (ahora una línea verde, ahora otra línea por encima calcando la misma tipografía, en naranja). Con la puerta y los ventanales pintados de blanco, una vez te asomabas al interior, el tiempo parecía haber retrocedido y detenido en 1985.
El mostrador, a mano derecha, presidía una tienda de apenas 4 cortos pasillos plagados de libros, que incluso infundían cierto temor en el visitante por la insinuada posibilidad de que en algún momento perdiesen el equilibrio y se abalanzasen sobre el desdichado valiente que pasease entre ellos. Las secciones parecían ser también las mismas, teniendo la infantil destacada predominancia. En cuanto a la dependienta…eso parecía ser lo único que había cambiado.
lunes, enero 28, 2008
I
Le sucede de pronto y sin previo aviso: El pulso se le acelera y nota el bombeo del corazón. Rápido, cada vez más rápido. Los pulmones parecen perder capacidad, por lo que el oxígeno no llega y necesita de intensas y largas bocanadas de aire.Aceleración del pulso, del bombeo, mayor profundidad de la inspiración...y el corazón que parece encojerse, la boca del estómago que hormiguea.
Y en la oscuridad, todo en silencio; sus ojos abiertos. La persona a su lado duerme.
Deben ser ataques de ansiedad.
Le pasa cada x tiempo. Así, de repente. Cuando cree estar más tranquila tras el largo día o cuando sus pensamientos se pierden cabilando sobre todo aquello que desea hacer y no hace.
Hace unas horas hacía el amor con su pareja de forma acompasada. Sentía su excitación acelerada, su piel bañándose poco a poco en sudor, su respiración y el abrazo que apenas le dejaba espacio para moverse.
Hacían el amor en la oscuridad; y ella no pensaba más que en que, si accediese, harían el amor todos los días varias veces.
Pero ella no solía acceder. No es que no le gustase el sexo, pero tenía una complicada relación con él. De amor-odio, diría. De atracción-repulsión. Que le hacía rechazarlo cuando lo ansiaba. Que le hacía ansiarlo cuando su cuerpo lo rechazaba.
Y además, no le atraía físicamente su pareja. Nunca le había atraído, desde el principio. Por eso fue el sexo el arma decisiva con la que lo engatusó y esclavizó.
Siempre se desea poseer aquello que no se puede o que no se está destinado a tener.
Lo sabía ella, lo sabía él. Aunque ninguno de los dos hubiese dicho nunca una palabra de ello.
Se habían conocido cuando ella tenía 12 años y él, 17. Un joven efebo y una lolita.
El joven efebo era noble, impulsivo, inocente, simple. La lolita, por ser lolita, era compleja como un entramado de hilos.
No repararon demasiado el uno en el otro.
-Qué simpático-
-Qué mona-
Y siguió cada uno con su vida.
No fue hasta año y medio después cuando sus vidas se volvieron a cruzar. Ella, recién cumplidos los 14, él a punto de cumplir los 19.
Por supuesto fue él quién lo inició todo. Cómo podía aquella niña de dulce sonrisa y dorado cabello haberle pasado desapercibida.
Lo tenía todo: la belleza a punto de eclosionar, la dulzura, la inocencia, la alegría.
A ella le sorprendió su acercamiento. No tanto por el hecho en sí, sino por su propia dubitación ya que en realidad no le gustaba. La hacía reir. Nada más.
viernes, diciembre 07, 2007
Inicio
Está familiarizada con el suelo. Un suelo frío, verde, de grandes cuadros; que le ayuda a a descubrir el mundo a su alrededor.
Juega en él y, en este momento de su vida, en esos 50m2 de suelo gira su vida y se encuentra su todo.
Divertida, juega guiada por su compañero de viaje. Se acerca a una puerta y alza la vista: sus padres, las dos personas referencia de su mundo (antes incluso que el terreno que pisa) están tumbados en la cama en ropa interior. Uno encima del otro, riendo y compartiendo carantoñas. El lacio y dorado cabello de su madre (y que ella ha heredado) cae sobre la tez de su padre. Moreno, barbudo, robusto. Diríase que día y noche fundidos en un abrazo.
Al fondo, la TV. Esa grande y cuadrada pantalla que tanto llama la atención de la niña y que es quizá su tercer elemento más recurrido.
Sus padres la miran, sonríen y la instan a salir de la habitación. Justo en ese momento siente cierto embarazo ante la situación, aún sin saber por qué, y gira su trayectoria.
El estrecho pasillo se abre ante ella. Se levanta y camina con paso torpe.
Pasa de largo la cocina que se encuentra a su derecha sin prestarle la más mínima atención, aunque intuye sus muebles azules y la mesa (justo un palmo más alta que ella) bajo la que se refugia incontables veces, situada contra la pared.
Sigue recto, siguiendo en penumbras el pasillo hasta su fondo. Un camino recto sin pérdidas. Y de repente: luz y risas. Una nueva puerta abierta a mano derecha, y Auri y Manolo, los amigos que comparten pensión con sus padres, tras ella.
También ambos se encuentran relajados sobre la cama, aunque vestidos y sentados; con animosa charla entre ellos.
Ven a la niña que entra, y sonríen.
- Ven Lucía - le dicen hacíéndole señas para entrar - Prueba esto-.
Y alargándole la mano, Manolo le ofrece una chocolatina.
Lucía nunca había visto nada parecido. Se pregunta qué será y su curiosidad y sus anteriores buenas experiencias organolépticas hacen que se lleve el alimento a la boca sin titubeos.
De repente, una explosión de sabor descarrila en su boca. La chocolatina se deshace en ella y siente su suave textura. Ni dulce ni amargo, su sabor hace que todo su ser se concentre en un único sentido, concentrado en sus papilas gustativas (aunque ella sólo sienta llenársele la boca de felicidad). Sus ojos se abren y el mundo se paraliza.
Aún cuando la onza ya ha desaparecido, el sabor permanece y Lucía se relame.
El suelo, sus padres, el sentimiento de embarazo ante la intimidad en la pareja, la TV, el chocolate...
Sus primeras referencias, sus primeros recuerdos...el inicio de sus primeras obsesiones.
Juega en él y, en este momento de su vida, en esos 50m2 de suelo gira su vida y se encuentra su todo.
Divertida, juega guiada por su compañero de viaje. Se acerca a una puerta y alza la vista: sus padres, las dos personas referencia de su mundo (antes incluso que el terreno que pisa) están tumbados en la cama en ropa interior. Uno encima del otro, riendo y compartiendo carantoñas. El lacio y dorado cabello de su madre (y que ella ha heredado) cae sobre la tez de su padre. Moreno, barbudo, robusto. Diríase que día y noche fundidos en un abrazo.
Al fondo, la TV. Esa grande y cuadrada pantalla que tanto llama la atención de la niña y que es quizá su tercer elemento más recurrido.
Sus padres la miran, sonríen y la instan a salir de la habitación. Justo en ese momento siente cierto embarazo ante la situación, aún sin saber por qué, y gira su trayectoria.
El estrecho pasillo se abre ante ella. Se levanta y camina con paso torpe.
Pasa de largo la cocina que se encuentra a su derecha sin prestarle la más mínima atención, aunque intuye sus muebles azules y la mesa (justo un palmo más alta que ella) bajo la que se refugia incontables veces, situada contra la pared.
Sigue recto, siguiendo en penumbras el pasillo hasta su fondo. Un camino recto sin pérdidas. Y de repente: luz y risas. Una nueva puerta abierta a mano derecha, y Auri y Manolo, los amigos que comparten pensión con sus padres, tras ella.
También ambos se encuentran relajados sobre la cama, aunque vestidos y sentados; con animosa charla entre ellos.
Ven a la niña que entra, y sonríen.
- Ven Lucía - le dicen hacíéndole señas para entrar - Prueba esto-.
Y alargándole la mano, Manolo le ofrece una chocolatina.
Lucía nunca había visto nada parecido. Se pregunta qué será y su curiosidad y sus anteriores buenas experiencias organolépticas hacen que se lleve el alimento a la boca sin titubeos.
De repente, una explosión de sabor descarrila en su boca. La chocolatina se deshace en ella y siente su suave textura. Ni dulce ni amargo, su sabor hace que todo su ser se concentre en un único sentido, concentrado en sus papilas gustativas (aunque ella sólo sienta llenársele la boca de felicidad). Sus ojos se abren y el mundo se paraliza.
Aún cuando la onza ya ha desaparecido, el sabor permanece y Lucía se relame.
El suelo, sus padres, el sentimiento de embarazo ante la intimidad en la pareja, la TV, el chocolate...
Sus primeras referencias, sus primeros recuerdos...el inicio de sus primeras obsesiones.
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