Me fuerzo a levantarme día sí día también, intentando ser un resorte. Hay días en que lo consigo a la perfección y otros...no tanto. Pero lo voy consiguiendo, cada rutinario día. El cambio de horario no afecta a mi incomodidad, que sigue siendo la misma. O mayor.
Animal de día, mi actividad sólo aparece ante el libre albedrío, y huye al caer la noche.
Mis ojos hinchados, mis muslos pesados a causa del horrible calor (temperatura de más de 30 grados) a la que me somete este ático despiadado. Esta habitación caótica que enmaraña mi cabeza y absorbe mi libertad.
Como el pesado objeto de hierro que se hunde en el mar sin remedio, así se siente mi cuerpo ante cada paso, ante cada compromiso.
Veo a las jóvenes madres con sus retoños, a aquello que fue una vez la mía y a aquello que fui una vez yo. Y yo, que ya estoy más cerca de ellas que de los niños, no me hago a la idea de haber traspasado la frontera. Quizá porque nunca he dejado de sentirme niña. Quizá porque toda mi adolescencia fue pura pose, y mi juventud llegó inducida.
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